martes, 8 de noviembre de 2011

Así es mi tierra, compadre


Janitzio Michoacán, Mex. / Octavio Mestre / 2010

Acá,
amigo barbado,
los muertos comen y se indigestan
(por lo menos una vez por año)

Cantan,
nadan, pescan,
bailan, beben tequilita

Y bueno
(que si le preguntas al padrón del PRI)
hasta votan para elegir a su nuevo presidente.

Así es mi tierra,
me cae de a madres.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Te dije que no.


No quisiera rayarte la vida
con este plumón tan auténticamente negro,
ni mojar tu entrepierna endulzada
por el dios del estreno
con mi lanza desgasta de su punta.

Hube de decirte que no
cuando estás desnuda en mi cama,
cuando ríes de estar segura
de que es la hora de la mágica entrega inmediata.

Te dije que no,
por quererte bastante,
y no es que sea esto un acto de heroísmo.
Es en realidad una carta de ayuno obligado,
un mejor que te tenga quien se pueda quedar más de un día.

Soñamos de jóvenes nosotros
con perforar todos los pozos posibles,
pero la putería y la conciencia de la belleza
-que sólo las dan los años-
nos obligan a no erosionar los campos de las flores silvestres
(y a mirar sin pisar nada, y a luego irnos)

Mi padre era un caballero
(uso el verbo en pasado
no porque haya muerto,
sino porque se jubiló de tal oficio
para dedicarse a la sabiduría)
y, aunque nunca me enseñó las artes de su ocupancia,
me dejó un legado silencioso
de actos que engrandecen al hombre

huyendo

huyendo.

justo como yo hago ahora contigo
pidiendo que te vistas y que mejor enciendas la tele.
Darán una peli de Fellini a las ocho,
abrázame y quedémonos callados.

lunes, 24 de octubre de 2011

La nefasta filosofía de la Chica Cosmo




Cómo hacer que te adore en la cama. Nueve maneras de retenerlo a tu lado sin derramarle una lágrima. Tips infalibles para que sólo te mire a ti. Hazlo un adicto sexual en la primera cita. Cómo exigir un diamante para tu mano sin tener que pedirlo. La guía de los veinte pares de zapatos que deben estar en tu guardarropa. Los cuatro cirujanos plásticos de moda en la ciudad.

¿Acaso no son estos los encabezados de portada en las revistas para la mujer contemporánea? Y todo se reduce a tres cosas: consigue un hombre y mantenlo a tu lado, ten una boda mejor que las de todas tus amigas, y viste y luce siempre mejor que ellas. En eso radica la vida de una chica Cosmo. Todos los contenidos y secciones son consejos y rutas para obtener el éxito en la vida, y el éxito en la vida está contenido en esas tres finalidades.

Pues bueno caballero, que para eso querían ellas liberarse. Tanta pancartería desplegada en todo el siglo pasado para llegar a pelear el derecho a tener un hombre y retenerlo, la posibilidad de protagonizar una boda de ensueño, y aspirar hasta lograr verse siempre como una protagonista de telenovela.

La chica Cosmo, que a todas luces representa el prototipo de la mujer contemporánea, evoluciona creativamente el concepto de príncipe azul de cuento agregándole una muy estirable tarjeta de crédito a su billetera. Los demás requisitos no parecen variar demasiado: guapo pero sin que su vanidad le distraiga para trabajar como esclavo, inteligente pero fácilmente chantajeable, sociable pero nunca el alma de la fiesta. Un tipo simple, que guste de los rudimentarios deportes y de las herramientas de mano. Ah, pero eso sí: convenientemente adicto al sexo y al trabajo.

El varón de la chica Cosmo es más bien una especie de accesorio con una vocación plurifuncional, como si se tratara de un collar adecuado a usarse en martes para la oficina y el sábado para salir de noche. Un empleado que resuelva todo lo operativo de su vida, y que también se haga cargo de liquidar todas sus cuentas. El pago a cambio parece simple: sexo, sólo sexo. La chica Cosmo ha desarrollado la creencia de que los hombres somos animales que no hacemos más que desear su vagina, y a cambio de tenerla estamos dispuestos a matarnos los unos a los otros.

De ahí se derivan el otro par de obsesiones. La segunda, la boda espectacular. Esta aberración al culto republicano es más bien una graduación, el desbordado alarde de haber obtenido una máquina para trabajar (un varón-tractor), y estar firmando justamente el vitalicio contrato de compra-venta.

¿Que por qué es famosa la leyenda de que a los hombres nos indigesta el matrimonio con una chica Cosmo?, fácil, pues porque realmente no sabemos qué suelo pisamos, ni en qué nos estamos metiendo. ¿Que cómo saber si usted está a punto de casarse con una de ellas?, más fácil aún: revise en las cuentas si el vestido que llevarán las damas de honor es más costoso que el austero atuendo gris que portará usted para el evento que está pagando. Es sabido que ahora se estila que en la foto de bodas sólo salga la novia.

Y toda la parafernalia requerida para la vida cotidiana posterior cumplirá con la tercera pero no menos importante fijación: verse siempre bien. La marca de la ropa (y por tanto el precio de ésta) es el símbolo de lo bien amados que estarán ella y sus hijos. Para esas alturas, el sexo –por obvias razones gravitacionales- dejó de ser la carnada que tenga al varón encadenado a la chica Cosmo, para en su lugar instalarse como tópico de manipulación el estatus. Así es que se nos vende que, para que podamos pasearnos por la calle con la frente muy en alto y el apellido bien lustrado es necesario que nuestra señora referencie su residencia en un código postal destacable, que se traslade en un camionetón de antología, que hable por Nextel en los semáforos más chic de la ciudad, que lleve y traiga niños con uniformes de colegios bien, y de clases de natación al ballet o al tenis. Para las chicas Cosmo todo –dije todo- todo es apariencia.

Pero para los casos en que se les revela el esclavizado marido existe el divorcio. Se sabe incluso de unas viudas negras en L.A. que planean ya no con quién han de casarse, sino de quién habrán de divorciarse. Para la Cosmo el divorcio es el negocio de la vida.

Oh, la chica Cosmo. Proliferación enfermiza de una sociedad de consumo que asume sofismas bien entretejidos como el “compro, uso, tiro (ah, y luego existo)”. ¿En qué momento, siglo veinte, diste más presencia de palabra a Marilyn Monroe que a Simone de Beauvoir?

miércoles, 12 de octubre de 2011

La vida es muerte (y viceversa)


Que la libertad sea un comentario de sobremesa,
un párrafo enfatizable en el discurso de un candidato,
no. Increíble.


Los inanimados colapsos del universo,
los de las escuelas primarias
y las esposas que usan -todavía-
su anillo de diamante,
son casualidades del mundo crudo,
cruel.

Las contracciones de la mujer
que ahora mismo está pariendo a un inmortal
destinado a morir,
y la lluvia de resaca del huracán,
y la canción del huracán,
son casualidades del pequeño momento:

Del momento de la vida.

Ese del que yo le hablo es un momento muy diminuto,
con respecto a la magna inmortalidad de la muerte.

O bien,
(y aunque no me lo crea)
resulta que la vida es asfixia
mientras la muerte respiro vital,
vida eterna.

Ni siquiera hemos podido entender eso,
y por ello invertimos demasiado tiempo en el gimnasio.

domingo, 2 de octubre de 2011

Aviso oportuno / de las soledades a los desperfectos del cobre



Llegar a casa desde la imprenta, andando a las siete y veinte por Montoro apenas antes haber doblado desde Cosío saludando a la chica del ciber, con manos casi tan sucias como el día anterior, pero más que el que antes del día de ayer transcurría.

Encender el televisor, o escoger una leve lectura, una de las que te llevan al letargo de no pensar en eso que te recuerde lo que más te ha hecho daño en el transcurso de la mañana, hasta que llegaste al almuerzo con los compañeros de la chamba entre bullas de salsas picantes y nuevos modelos de ford, pero que después de las doce te volvió a repicar en la sien. Ese aislado evento por entrecortado, por poco frecuente de ilación pero al final siempre en orbita, esa puntita de espina que no se clava, nomás se retuerce en la segunda capa de la piel donde la sangre ya comienza a manifestar señales de fragilidad, de mortandad, ese evento que no deja de deletrearse en la punta de la lengua: soledad.

A mis treinta y varios la perspectiva deja de ser a un sólo punto de fuga. No sé, quizá sea el vértigo que genera la cumbrera de la torrecilla construida por las mujeres que han pasado por aquí, deliberada o accidentalmente pero dejando escenas de película documental que hasta este momento de su proyección parece tratar de la vida y obra de algún comensal compulsivo del Greco de Madero, en espera siempre de la variedad musical de los sábados por la noche.

Desde el día posterior a la velada del Sanpa de Benito con los de la More, en que desperté a las catorce con agruras por exceso de botana, migraña vodquera y cruda de cigarro; desde ese día en que los oídos me gritaron con sordera que hora y media de mariachi en vivo y a quemarropa ya no eran suficiente dosis para amansar la tormenta de la llegada de nuevo a casa, en soledad absoluta; desde entonces fue que me di a la tarea de ponerle fin al tormento. Resultaba hora de volver a las andadas y olvidarme del cortometraje, del vértigo de la torrecilla, del Greco y de las mujeres que como huracán de temporada sólo dejaron a su paso destrozo tras impacto. Resultaba hora de poner manos a la obra.

En la imprenta sólo hay dos reglas irrompibles: el uso mesurado del lenguaje, ya que los castos oídos del devoto don Manuel, jefe y propietario del local, no admiten tal ordinariez; y el impecable cumplimiento del horario marcado por el mismo a sus empleados. Para poder solventar el segundo mandamiento, tengo diariamente que poner pie firme y descamarme a la siete en punto, esto me da el tiempo que pide mi matutino, negro y amargo café, y, una vez ya entrado en razón, darme un regaderazo con agua casi hirviendo.

El problema es que de doce días a la fecha el boiler no da señales de vida. Y las fuerzas que del más allá llegan para permitirme sobrellevar cada una de las interminables jornadas piden como única condición que se les remoje con agua de caldera: tan caliente como sea posible.

Aquella mañana, sin baño ni cafecito, ni oraciones ni don Manuel, me ocupé de los dos problemas que han ido desgastando mi ya de por sí delgadita paciencia. En ese momento caminé por Carranza y sorteando los innumerables obstáculos que la obra de mejora peatonal genera, me dirigí sin distracciones a las oficinas del diario local a gritarle al mundo vía “aviso oportuno” mi desesperada necesidad de dar con una chica que calentara mis solitarias noches con cine, abrazo, charla e intimidad. Y, como en tales casos el anuncio se cobra por letra y espacio, me resultaba conveniente matar los dos pájaros de un solo tiro. Así que con entusiasmo escondido en la ventanilla de anuncios de ocasión pasé al empleado del periódico una nota que decía: “se solicita novia y un fontanero”.

Mi anuncio fue exhibido por toda una semana en el diario de mayor circulación de la ciudad. Pero muy a mi pesar, no recibí respuesta ni de fontanero, ni de alguna curiosa chica que se aventurase a reportarse. Y aquí entre nos, no me resulta difícil entender las razones que me llevaron al naufragio en esta inverosímil por inusual empresa; Al final del día, en un mundo de obsesivos sexo adictos, ¿quién se suelta el pelo y responde sin pudor a una propuesta tan intima en formato de amor de botadero teniendo como enlace únicamente la dirección de correo electrónico que dejé al pie de mi nota impresa para alguna desesperada respuesta? A saber. En realidad, la respuesta de algún plomero en busca de chamba resultaba mas factible, pero, si lo pienso detenidamente, ¿Qué probabilidad hay de que logre respuesta por esa vía?, si al final del día los fontaneros no tienen e-mail.




Aguascalientes, Octubre del 2005

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Mira Cristo:


Si viniste a sermonearme sobre
que ya me ponga un traje y una corbata para ir a trabajar,
y que me hinque y llore tu partida aquel día viernes;
y si pretendes que te tenga miedo -o lástima-
por las salvajadas que te hicieron los romanos
o los judíos
o los que hayan empezado con eso...

Si persigues que me sienta una mierda
por lo basura que ha resultado la especie humana,
a la que juran tus grupies que viniste a salvar
ante los ojos de tu iracundo señor padre,

pierdes tu tiempo.

Así que
bájate de esa cruz, carnal,
ponte un jeans y una camiseta de algodón,
y vámonos de tequilas.

(ah, y date un baño, que esa sangre
y ese sudor te hacen quedar muy mal)

Y ahora, venga...
dime cómo has hecho para pensar tan chido como lo haces.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Silvio Rodríguez / el futuro te está volteando a ver


La poligamia creativa que ejerce y evoca (o quiero decir provoca) Silvio es innegablemente palpable. En cada canción suya hay una mujer peinándose frente al espejo. Lo interesante de su literatura es que esa mujer -la del espejo- puede apellidarse patria, o tierra, o vida o muerte. O infancia o vejez, o amigo o enemigo. La metáfora de Silvio es líquida, y por ello se adapta a todos los envases. Los de hoy y los de 1976. Pero la constante -el líquido que se transporta de canción a canción, de disco a disco y de año a año- es siempre la misma: una mujer. En eso, buen amigo, la razón cena contigo esta noche.

Me revienta las pelotas que se le encasquete a Silvio como interprete y autor de música de protesta. El reduccionismo de aquellos que sólo le han escuchado cantar Ojalá empalidece toda una gama infinita de colores para imprimir en un binario juicio alguna de las siguientes ecuaciones: protesta / política; protesta-política / izquierda; izquierda / comunistas; comunistas / reaccionarios; reaccionarios / auto-marginados; auto-marginados / ¡peligro!

A mi parecer, Silvio es lo más lejano a lo dogmático. No sólo vio pasar la revolución, sino que participó en ella defendiéndola a punta de fusil, y le cantó desde la trinchera del más humano de los socialismos en aquellos entonces acunados. Pero igualmente lo vio caer. Y se reinventó sin verse en la necesidad de negarse o traicionarse a sí mismo.

Digamos que aprendió a empuñar la pluma, depurándose en las artes de acariciarle gentilmente, al paso de los lustros en los que se empeñó -a fuerza de viajar, como tú- en entender un poco más que los demás sobre los asuntos de la excéntrica especie humana.

Por otro lado, me resulta fascinante cuando un creativo sabe hacer su oficio a partir de fundirlo con el de otro. Por ponerte un ejemplo, cuando un arquitecto sabe hacer cine con sus edificios (un recorrido es un guión, la ejecución de los escenarios la cinta), o viceversa, cuando un cineasta sabe hacer arquitectura (no me refiero al decorado. Me refiero a contar una historia con la luz y la sombra, la textura y -nuevamente- el guión y la emoción.)

Pues así mísmo hace Silvio con la literatura y la música. No es que ni cerca me las dé de conocer mucho de música, pero sí que he explorado el apasionante mundo de los hacedores de canciones (o bien, cantautores) contemporáneos en castellano. Y es por esto que me atrevo a opinar que sólo uno pudiese asemejarse en eso, en oficio, al cubano. Y ese del que ahora hablo, afortunado amigo catalán, ese es tu paisano, y se llama Joan.

Porque una cosa es hacer una canción que diga algo, y otra mucho más comprometida es hacer una melodía que contenga una pieza literaria. Se pudiera pensar a primer vistazo que tal género será obviamente la poesía, pero a partir de despiezar las canciones de Silvio, me atrevo a especular con duda sobre la unicidad de esta corta verdad.

La metáfora de Silvio puede alcanzar la pluridimensionalidad de más de uno de los cuentos del mejor cuentista de los tiempos modernos en nuestra lengua, hablo de Julio Cortazar.

Anyway. Que, como puedes darte cuenta, soy un apasionado del trabajo de este señor Rodríguez. Y por ello me permito recomendarte (si es que cabe que un pato haga recomendaciones a una escopeta) que no te quedes con el Silvio de los setentas ni ochentas. Que consigas el tríptico 'Silvio-Rodríguez-Domínguez' de los noventa, y atiendas a la magia de un libre-pensador que ha dominado la fórmula del 'volver a empezar sin recordar la fórmula de ayer'.