jueves, 17 de marzo de 2011

Huelga huelga huelga

Huelga / anónima


Omití por completo levantarme esta mañana
¿alguien acaso tiene algún problema con ello?

La cama estaba tendida todo el tiempo,
no hice por deshacerla desde anoche

me dormí sin cenar,
y sin meterme a las cobijas,
y sin hacer mis oraciones,
y sin vasito de agua,

y sin ti

Es por eso que no hice nada de nada de lo anterior

Me niego a ir a trabajar si tù no estás a mi lado
cuando despierto

Huelga
huelga

me faltan tus pezones alineados,
deseándome una buena jornada.

Rosarito

Anciana parecida a mi tìa Chayo (Rosarito) / anònima


No te dieron

una mente fascinante

ni estatura, ni belleza,

ni unas tetas de revista,

ni voz,

ni tesitura de cantante.


No te dieron

un anillo de brillantes,

ni una bolsa de alegrías,

ni una vida de sonrisas,

y no te dieron recetados (nunca nunca)

coctelitos de calmantes.


Pero Rosarito, pero

-pero-

mientras existiera coca-cola, los Raleigh y los Montana,

despertadores descompuestos,

siete casillas continuas -en horizontal-

en el calendario en numerito rojo

(como de fines de semana),

batas de flores de descanso para toda la mañana,

solitarios en la mesa, compañeros para el dominó,

para amanecer chingando a su madre todos

bien cagados de la risa,


mientras tanto, Rosarito

valía la pena la puta vida.


(seguramente,

ahora mismo estás enseñándole a los naipes

a Pedro Infante:

"¡mueve ese culo, maricón!")

miércoles, 9 de marzo de 2011

Con una chingada: te amo

Imagen: Bailarina de Ballet / Marga Fuentes / España / 2008


No recuerdo haberte dicho que te amo,
no lo recuerdo porque olvido
-convenientemente-
lo inconveniente de un día para otro.

No me conviene amarte, porque gano demasiado;
y la política de esta casa es perder,
para luego pedir subsidio a los otros,
a los verdaderos ganadores.

Pero si te amo me convierto en uno de ellos,
en un ganador,
y nunca antes me había sucedido,
y no sè cómo firmar autógrafos.

Con una chingada:
te amo.

lunes, 7 de marzo de 2011

Del Catolicismo y unos cuantos cuentos de hadas

Imagen: El Cristo de Iztapalapa / anónima

Antes de comenzar a externar mis opiniones sobre un tema ya de por sì delicado, me declaro un ciudadano respetuoso de la libertad de creencia.

Sin desconocer el contexto, por haber nacido en éste, un país netamente católico, y por haber cursado mis primeros y segundos años de colegio en instituciones religiosas, me atrevo a soltar ante el lector la siguiente hipótesis de opinión: el dogma Católico es un reduccionista cuento de hadas.

Me explico a continuación:

Como toda religión, la católica ha debido recurrir en sus inicios a la mitología para hacerse entender ante un público mayormente analfabeta. Así, desde el antiguo hasta el nuevo testamentos, los autores se vieron en la necesidad de hacer uso de la metáfora para explicar a los ciudadanos de a pie los conceptos que planteaban. Digamos, los valores universales que, según este dogma, se debían seguir para llevar una vida espiritual plena.

El problema con lo anteriormente expuesto es que, por naturales conveniencias políticas y de apego al poder, las altas esferas del gobierno eclesiástico han visto necesario alimentar las ambigüedades filosóficas de su religión por medio de estos cuentitos para dormir. Y así, los fieles no tienen más que creer a pies juntillas que la mar se abre, que los muertos resucitan, que las vírgenes les llaman, que los santos de barro lloran sangre, etcétera, etcétera, etcétera.

En pleno siglo XXI podemos ver en los países menos desarrollados –como el nuestro- que la gente desarrolla a diario la creencia de que las cosas caen del cielo, y que sólo basta arrodillarse y orar fervientemente para que una situación se solucione. Somos individuos que tenemos medio prohibido escuchar a la ciencia (ya no digamos leerla), y solemos ver con recelo a las artes que invitan a dar rienda suelta a las pasiones humanas como la sexualidad y la natural búsqueda del placer.

Lo que nació como una forma platicada y entendible de domesticar al instinto y trazar un camino para lograr una sana vida espiritual, hoy se ha vuelto un grillete pesado que obliga al alienado individuo a no pensar, y a abandonar toda perspectiva de libre albedrío, para ejecutar automáticamente la monopólica visión de la Santa Madre.

Nada nos separa del fundamentalismo islámico, cuando aseguramos que la única forma de alcanzar la inmortalidad es haciendo lo que las sotanas obligan, asumiendo que tales figuras de poder apenas y entienden el mundo desde los ojos de la filosofía pre-renacentista.

México es un pueblo analfabeta en concepto, que no lee más que la nota roja, o la del corazón. Que no sabe degustar el arte que no sea popular, que no conversa sobre ética, que confunde la moral con la fe, que basa su suerte en fetiches de yeso y colguijes de madera, que funda el diálogo con su dios a partir de versos de autoflagelación repetitivos automáticamente –como el Santo Rosario-, que no encuentra diferencia entre la espiritualidad y la superstición. Que no logra indagar los contrastes entre el auténtico ritual, y la pintoresca tradición.

viernes, 4 de marzo de 2011

Soy feo

Soy feo. Nací feo, muy feo. Nací en un sanatorio de feos, en manos de doctores feos y enfermeras y camilleros y pacientes feos; en una comunidad donde todos son feos por tradición.

También mi familia lo es. Todos, del más pequeño al mayor, y mis padres qué decir: ejemplares puros de la antibelleza pregonada en los anuncios bonitos del territorio Telcel.

Uno cincuenta y tres, panza aguada de barril, piernas flacas y cortas, rodillas enamoradas y tobillos que nunca se hablan. Pie plano, hombros caídos, columna chueca, estrías en la lonja, ombligo horizontal y manos pequeñas. Cara redonda, piel obscura verdosa, semi-lampiño, lacio cabello negro ingobernable y espinoso, nariz de chile bola, ojos pequeños, dientes chuecos, labios arqueados en negativo, como de sonrisa a la inversa; voz agudita, cejas apenas y sin pestañas. No, no le busquen. Soy feo, y ya.

Contados tres vellos orgullosos en mi pubis y en mi axila, me fijé primero en las nenas bonitas –dije feo, pero no pendejo-. Aunque después de tanta burla y rechazo, entendí que alcanzar mis sueños de príncipe azul de peli de hi-school gringa sería más complicado de lo que al capitán del equipo de básquet le resultaba, por obvias razones.

Decidí no darme por vencido tan fácilmente. Al confirmar que los deportes no eran lo mío, me refugié en los libros. Habían otras historias en el cine donde el tipo brillante le ganaba la chica rubia al orangután de gimnasio. Pero, amigos, a los quince la realidad es totalmente otra. Además de corroborar que los libros no sirven de nada sin una memoria de elefante; y la mía es apenitas de ratón.

A los dieciseis tomé una guitarra, y probé de rock-star. Aprendí cuatro notas que no me servían ni pa ser el sensible trovador renegado, de pelo largo y poncho artesanal; así que acabé en la rondalla, siendo el que finge que toca escondido en la fila de hasta atrás. Pero era inútil; no había fémina que me volteara siquiera a ver de reojo. Tampoco el arte era para mí.

Probé en las filas de los malos de la prepa. De los que odian al mundo y se dan a la tarea de autodestruirse con talento, para llamar la atención de las nenas que pretenden rescatar a satanás del mismo infierno. Pero no llegué ni a diablito de pastorela. Apenas y ajusté con mis ahorros una motoneta de repartidor de pizza que destrocé contra un poste de luz a la puerta de la escuela, a la hora de la salida, donde todos estaban ahí para reírse de nuevo de mí.

Me hice un tatuaje de Ché que se me infectó por chafa y me hinchó el brazo al punto de parecer el rostro de Capulina. Me dejé el cabello al hombro y me apodaron Rigo Tovar.

Aprendida la lección de que los feos no tenemos buen lugar en el teatro de la vida en sociedad, escogí una carrera para feos en la universidad. Me dediqué a los números olvidándome del amor, de las chicas, de las fiestas; acepté mi realidad.

Al día siguiente de rendirme, comencé a ver a colores a todos los otros feos que caminaban cabizbajos por los pasillos de mi facultad. Le dije hola a uno de ellos, me confesé feo después de decirle mi nombre completo, y me sonrió de tal manera que no dejamos desde ese día de ser los mejores amigos feos de toda la bonita humanidad. A nosotros se fueron uniendo otros chimuelos, los cojos, los medio ciegos, los gordos, los chaparros, los idiotas y los lentos, los prietos, los pobres, los más viejos; todos aquellos que no habían encontrado su lugar.

Empezamos a hacer nuestras fiestas para feos, en donde se valía tomar cerveza, tequila, aguardiente, y aguas frescas que les preparaban sus mamás. A nadie le importaba lo de nadie, en realidad.

Escuchábamos música para feos, cantada por feos. Íbamos a los bares de los feos, a los cines de feos, a las bodas de los feos, a los cumpleaños de los feos; vaya, dominábamos toditita la ciudad.

Al rodar con nuestro encanto de feos, nos encontramos muchos, pero bastantes grupos de feas en busca de feos y de aventuras con esos feos. Nunca antes fui tan popular. Una noche de karaoke para feos, me sonrió a lo lejos una fea, y yo, que de feo no tengo un pelo, le hice plática de feos, y nos entendimos en eso primero, y luego nos paramos a cantar.

Con esa fea de acné y mal gusto para vestir me fui a casar. Mis padres feos se juntaron en una fea fiesta con los suyos y brindamos con un vino blanco que sabía bien pinche feo; y nos fuimos de luna de miel a Guayabitos (ese lugar no es feo), y de ahí pal real!.

Tuvimos tres hijos feos, chaparritos, gordos, pero cada uno es como es. Los llevamos a los parques para feos, y se enseñan en una escuela del gobierno; y no vemos en familia las novelas de las cenicientas ni los comerciales de Telcel. No por protestas ideológicas, ni por censuras al mundo de lo inalcanzable, es sólo que no nos interesan los anuncios. Ese tiempo lo aprovechamos para no cuidar la línea, fritangueando en la cocina, o en una guerra a cojinazos en el feo y maltrecho sofá.

¡Chale!... qué feo final.

martes, 1 de marzo de 2011

En clase

Hacemos arquitectura con frutas, caminos con aserrín, miel de abeja con moscas, pasteles con lodo, mascarillas de uhu / hacemos canciones con ringtones, aplausos con cartón, casas y mansiones para ricos de nieve seca, bromas con panfletos electorales, matrimonios con anillos de alambrillo… ¿acaso te jode que hayamos perdido la razón?

viernes, 18 de febrero de 2011

Cuánta (pinche) arrogancia

No se aprende nada al paso de la vida. No se aprende a caminar teorizando, sólo se camina y ya. Se cansan las piernas de estar sentado, y se levanta uno y camina. Es instintivo. Vivir es instintivo, no es necesario hacer un libro sobre cómo comer, o sobre cómo respirar o tener sexo. Es un charlatán el que explica a los demás cómo se vive, y es un reverendo idiota el que quiere hacer una bitácora de su kilometraje para no volverse a equivocar. Los teóricos de la vida son incapaces de provocar o provocarse un orgasmo. Las quimeras existenciales sólo rellenan el tiempo de los que están miedosos de simplemente vivir, de salir a la calle y saludar a un extraño, de zarpar y ver qué tiene la mar y hacerle frente y morir ahogado al final de la jornada, para ratito después cenar y eructar en la mesa de Dios.

Los estudiosos de cada paso sólo miran al piso para depurar su técnica, y luego juzgan a los que decidimos no usar su metodología. No es posible que sean tan pendejos de no ver que hasta los simios se dejan llevar y creen a diario en su capacidad de improvisación. ¿Del bien?, qué decir, no hay por qué hacer más Biblias porque el bien también es instintivo. Los tigres no comen más de lo que necesitan, y no hacen en el planeta a los seres que no les alimentan ni nutren como a los pajarillos pequeños o a las flores. Todo en el planeta, y supongo que en el resto del universo, se basa en la intuición de seguir vivo. No hay teorema ni filósofo ni dios ni horóscopo que se interponga, o que ayude a hacerlo mejor.

Pensar nos debe servir para sobrevivir, y no para generar tratados de la existencia. Sobrevivir es nuestro trabajo, incluyendo el de evolucionar. Pero da la casualidad que sobreviviendo evolucionamos (unos más que otros, claro). ¿Cuál es el pinche afán de querer dominarlo todo?