miércoles, 22 de junio de 2011

Llovió


Alcanzo a ver al paso cómo es que los árboles conversan entre ellos, se comentan la experiencia, se estiran, gritan, se desmodorran y hacen cantos grupales sin importarles tamaño, color, edad ni especie.

Hagan los lectores el esfuerzo, y pueden constatarlo justo al amanecer siguiente de una lluvia nocturna. Por poner un ejemplo sobre el mojado asfalto, anoche cayó agua desde el cielo de mi ciudad. Y todos ellos -los árboles soberbios y recién nacidos de nuevo- me saludaban hablándome de usted cuando me veían andar rumbo a la chamba al amanecer de el día corriente.

miércoles, 15 de junio de 2011

Los viajes de OM (carta a Octavio)

Seres Viajeros / Diego Manuel / acrílico-tela / Buenos Aires 2005

De niño papá nos llevaba a mis tres hermanos, a mi madre y a mí a vacacionar a lugares poco comunes para los turistas más fáciles. Me refiero a que, mientras mis compañeritos de colegio platicaban al volver del verano que habían ido a Acapulco o a Cancún a explorar albercas y playas concurridas de chicas en bikini, a mí me apenaba contar que me había tocado dar un tour por las comunidades indígenas de Michoacán o por los pueblos falderos de los volcanes de Puebla, o bordear cruzando a fuerza de brinco -cual línea de cal en el piso- la costa y la montaña de todo el estado de Veracruz, desde su norte hasta su sur.

También me exasperaba no comprender por qué todo aquello debía ser por carretera (en una camioneta familiar rodando parajes surrealistas y escuchando por horas interminables las cintas de mi padre, ya imaginas: Beach Boys, Beatles, Carpenters y Barry White) y nunca en un cómodo avión.

Tales aventuras, que en aquel entonces y a mi parecer eran más una excéntrica expedición que un pasatiempo vacacional, fueron desapareciendo del futuro historial familiar cuando madre y padre decidieron separarse y por ello es que me vi obligado a iniciar vida nueva en la provincia del país (que ahora es el lugar al que siempre he de volver.)

Al paso de los años, y ya entrado en la adolescencia fue que comencé a comprender la trascendencia de esos recorridos que papá nos motivaba a transitar. Mientras mis amigos de fiesta y verano ahorraban para ir cada año a Vallarta o a cualquier playa con olor a spring-break, yo comenzaba a dar indicios de freak y a soñar con volar -quise decir rodar- cada vez más lejos y a lugares en donde lo menos famoso eran las albercas.

Desde entonces se gestaba en mi curiosa cabeza una pregunta que hasta la fecha no encuentra respuesta definitiva: ¿por qué es que el hombre necesita viajar? ¿A qué se debe esa imperiosa necesidad de saber qué hay más allá de su horizonte?

Conocí y sigo conociendo con el paso de los años a muchos hombres (no seré Fox para desconocer el idioma y tener que enfatizar "hombres y mujeres", cuando, en el contexto idóneo el término "hombre" atrapa en concepto a toda la especie humana. Y que me linchen las ligas feministas) que no necesitan satisfacer tal curiosidad, y bueno, ha de haber gente pa’ todo. Un buen amigo de la adolescencia, cuando me escuchaba revelarle mis afanes de aventura en los confines, me decía que a su vez su padre le decía que el hombre debe dominar su pequeño entorno, porque si lo amplía corre el riesgo de difuminarse en la inmensidad de la nada.

Nunca he podido asimilar tal principio. Te podría contar que más bien y por conveniencia, me quedo con mi maltrecha conclusión (que rima bien con confusión) de que el individuo entiende mejor su sitio si sale a observar los contrastes de lo lejano. De que el hombre debe ir lejos, pero volver (siempre volver) a traer frescura y nuevas ideas. Ideas generadas en el universo interior –que no transcritas fielmente de los lugares visitados-, que seguramente construyó sufriendo dulces convulsiones y sismos al momento de mirar mundos distintos al propio. Viajar es como materializar la fantasía.

Y eso que yo, buen amigo, tan sólo he pisado unas cuantas tierras diferentes a la mía. ¿Qué será de tu enorme universo propio, con tantas y tantas postales grabadas en tu memoria?

Pero tampoco me trago el asunto de viajar como una fórmula mágica de hacer mundo –universo propio-. Conozco al tiempo, de tantos y tantos coleccionistas de sellos en sus pasaportes, de turistillas que sólo visitan los monumentos históricos de las ciudades capitales para tomarse la foto saboreándose más el momento de presumirla ante los conocidos a su vuelta a casa. De compradores compulsivos que exploran a tope la añeja modalidad del viajero: el turismo de Shopping; el de regresar al hotel con miles de bolsas rotuladas con los logos de las marcas más prestigiosas, rellenas de artículos que ni en sueños se encontrarán en los comercios cercanos a casa.

Si bien el hábito no hace al monje, el desgastado pasaporte tampoco hace al aventurero. Hay una gran diferencia entre el turista y el viajero.

Pero tú, buen amigo, tú sí que te pasas de pata de perro. Con esa letra y esa calma para contornearla, me quedo esperando para un futuro algo lejano (cincuenta años no es casi nada) tus memorias para con todo ese respecto.

Y, en absoluto apego a una estrategia de lector, prefiero esperar unos lustros o décadas más a que plasmes tus aventuras en un libro, para que en el lentico camino a la edad de la sabiduría, les encuentres de a poquito el sabor a los poetas conversacionales de por estas tierras. Porque –y con todo respeto hacia tu casi siempre impecable juicio, admirado colega- le haces gestos al primer sorbo de mezcal, sin darle tiempo a que ahúme tu garganta. Mira que tachar a Sabines de segunda división, encajonando en esas mismas ligas al propio Benedetti… ¡no me chingues, compadre!... sólo falta que Neruda te parezca digno de la lucha por el no descenso (siempre termina todo metaforeando futbol.)

Anyway, esto lo hemos de discutir en Tarragona, en alguna terraza con un tinto de la Rioja enfrente; o bien, y como lo decida el porvenir, en la mesa de una cantina en Guanajuato capital, con un tequila Don Julio reposado, derechito y a matar.

jueves, 9 de junio de 2011

Ciencia ficción a mi entender




Cometas devorando satélites solitarios, olvidados, chatarra espacial. Los cometas frágiles se encargarán de pulverizar a la mierda que dejamos suspendida nosotros, los exploradores.

Esa es la ciencia ficción que a mí me gustaría ver en la televisión. Algunas hipótesis que nos digan que el gran sistema solar ya tiene pensado qué va a hacer para contrarrestar la estupidez humana, la arrogancia de la especie líder del tercer planeta, del azul.

Sentirnos así como hermanos menores, que saben que hagan lo que hagan mal los más grandes o incluso papá se encargarán de sacarles de la bronca. Eso sí sería una buena historieta a escuchar en el noticiero de López Dóriga... imaginen:

"nos quedamos sin agua ayer, pero desde Saturno -enterados de nuestro derroche- nos envían la maquinaria para convertir el líquido salado del mar en potable y dulce. Se declara día de fiesta mundial, y nadie a trabajar, y todos a la calle a mojarnos... ¡que vivan los Saturninos!"

viernes, 3 de junio de 2011

Permiso para olerte








Permiso para olerte,

sugiero.

Para olerte entre comidas,

y también mientras te pones la ropa

apurada por llegar a la jornada en tiempo.

Me gusta el olor concentrado de ti

que se acumula en el reverso de tu cuello,

en las corvas, y las palmas de tus manos,

en la profundidad de tu cabello,

y en la planicie de tu abdomen

dedicado a provocar a mi nariz inquieta.

Permiso para la pasión,

de tus veintipocos

hasta los noventa.

La erección mía no impondrá para nada monopolio

de la iniciativa del amor en nuestra cocina.

Permiso para olerte,

Y ni quién necesite canal alguno de pornografía.

viernes, 27 de mayo de 2011

Pinche Nuez (asesino)

No voy a olvidar la tarde en que nos dijiste a todos que hoy, jueves doce de agosto te ibas a quitar la vida. El día llegó y cumpliste, hijo de puta. Lo cumpliste a cabalidad y ahora mísmo estamos reunidos en el Rosinal, bebiendo el mejor café de la ciudad según tu recomendación y preguntándonos cómo habrás hecho para pegarte un tiro en el medio tiempo del aburrido Necaxa-Puebla, en preferente y sin ensuciar a nadie de sangre. Tan fino, tan pulcro, tan pendejo pero no tanto como para molestar.

Te quitaste la vida sin molestar a nadie, teóricamente. Pero ver a un imbécil dispararse en el estadio sí que es una molestia. Ahora mísmo la prensa habla más de ti que del descenso del Rayo. Los amigos, los pocos, Juanu, Pecé y Luqui y yo estamos revisando tu carpetita de escritos y vienen unos poemas para Erika y notas de gasolina, y nada más. Sólo te pusiste una meta y la cumpliste. Te quitaste la vida en un partido de futbol.

Ok, sí, el Necaxa juega de la chingada, pero no era para exagerar. Aunque la prensa no sabe que no fue a razón de un mal juego, sino por cumplir tu promesa de quitarte la vida hoy justamente. Nomás deja que te vea, y te voy a volver a matar a madrazos, porque te voy a extrañar a partir de mañana.

Pinche Nuez

domingo, 22 de mayo de 2011

"comienzo"


A pesar de no saber a ciencia cierta qué significa "comienzo", pretendo comenzar a cambiar algunas cosas que no se comenzaron bien. Le pongo un ejemplo: mi técnica de masticar, el orden en el que guardo mis calcetines (tengo veintidos pares, para lavar un solo lote de calcetines cada tres semanas, eso sí funciona), y la proporción leche-cereal de mi plato de desayuno, por las mañanitas. Comienzo mañana lunes a comenzar dos cosas y así iré sumando comienzos, hoy domingo no es recomendable aplicar la palabra "comienzo". Hoy es día de no pensar en nada.

martes, 17 de mayo de 2011

Lo mío es caminar

Mujer desnuda en una silla / lápiz-papel / elroko777 2001

Lo mío no es apurarme a llegar a nada, a ningún lado. No me pida que escuche las alarmas del fin del mundo ni las de los simulacros de los sismos ni las de los sismos genuinos. No me gusta pisar el acelerador si no es estrictamente para rebasar a algún otro andante que ha decidido ir aún más lentito que yo.

No salgo a correr en las madrugadas, ni por las noches. No mido mi ritmo cardiaco ni tengo una alarma en mi agenda electrónica para llegar a otro sitio o para recordar que se me ha ido otra hora del día y de la semana y de la vida. No me acomoda pensar más de siete segundos en el día de mañana.

Lo mío es caminar, mirando a lo que sucede alrededor. Lo mío es masticar despacio la fruta, y respirar intentando saber a qué sabe ésta o la otra bocanada. Lo mío es imaginar que no habrá vida eterna, y que sólo queda escanearlo todo a detalle, para llevármelo doblado en maleta con rumbo ineludible hacia la vejéz.

Esa manera de vivir me suele costar una fortuna, al no ir a su vez detrás de ésta. Pero -si me permite un sorbete de optimismo- me trae atractivos dividendos a la hora de aplicar la técnica del hombre-tortuga sobre la piel de mi mujer.