miércoles, 12 de octubre de 2011

La vida es muerte (y viceversa)


Que la libertad sea un comentario de sobremesa,
un párrafo enfatizable en el discurso de un candidato,
no. Increíble.


Los inanimados colapsos del universo,
los de las escuelas primarias
y las esposas que usan -todavía-
su anillo de diamante,
son casualidades del mundo crudo,
cruel.

Las contracciones de la mujer
que ahora mismo está pariendo a un inmortal
destinado a morir,
y la lluvia de resaca del huracán,
y la canción del huracán,
son casualidades del pequeño momento:

Del momento de la vida.

Ese del que yo le hablo es un momento muy diminuto,
con respecto a la magna inmortalidad de la muerte.

O bien,
(y aunque no me lo crea)
resulta que la vida es asfixia
mientras la muerte respiro vital,
vida eterna.

Ni siquiera hemos podido entender eso,
y por ello invertimos demasiado tiempo en el gimnasio.

domingo, 2 de octubre de 2011

Aviso oportuno / de las soledades a los desperfectos del cobre



Llegar a casa desde la imprenta, andando a las siete y veinte por Montoro apenas antes haber doblado desde Cosío saludando a la chica del ciber, con manos casi tan sucias como el día anterior, pero más que el que antes del día de ayer transcurría.

Encender el televisor, o escoger una leve lectura, una de las que te llevan al letargo de no pensar en eso que te recuerde lo que más te ha hecho daño en el transcurso de la mañana, hasta que llegaste al almuerzo con los compañeros de la chamba entre bullas de salsas picantes y nuevos modelos de ford, pero que después de las doce te volvió a repicar en la sien. Ese aislado evento por entrecortado, por poco frecuente de ilación pero al final siempre en orbita, esa puntita de espina que no se clava, nomás se retuerce en la segunda capa de la piel donde la sangre ya comienza a manifestar señales de fragilidad, de mortandad, ese evento que no deja de deletrearse en la punta de la lengua: soledad.

A mis treinta y varios la perspectiva deja de ser a un sólo punto de fuga. No sé, quizá sea el vértigo que genera la cumbrera de la torrecilla construida por las mujeres que han pasado por aquí, deliberada o accidentalmente pero dejando escenas de película documental que hasta este momento de su proyección parece tratar de la vida y obra de algún comensal compulsivo del Greco de Madero, en espera siempre de la variedad musical de los sábados por la noche.

Desde el día posterior a la velada del Sanpa de Benito con los de la More, en que desperté a las catorce con agruras por exceso de botana, migraña vodquera y cruda de cigarro; desde ese día en que los oídos me gritaron con sordera que hora y media de mariachi en vivo y a quemarropa ya no eran suficiente dosis para amansar la tormenta de la llegada de nuevo a casa, en soledad absoluta; desde entonces fue que me di a la tarea de ponerle fin al tormento. Resultaba hora de volver a las andadas y olvidarme del cortometraje, del vértigo de la torrecilla, del Greco y de las mujeres que como huracán de temporada sólo dejaron a su paso destrozo tras impacto. Resultaba hora de poner manos a la obra.

En la imprenta sólo hay dos reglas irrompibles: el uso mesurado del lenguaje, ya que los castos oídos del devoto don Manuel, jefe y propietario del local, no admiten tal ordinariez; y el impecable cumplimiento del horario marcado por el mismo a sus empleados. Para poder solventar el segundo mandamiento, tengo diariamente que poner pie firme y descamarme a la siete en punto, esto me da el tiempo que pide mi matutino, negro y amargo café, y, una vez ya entrado en razón, darme un regaderazo con agua casi hirviendo.

El problema es que de doce días a la fecha el boiler no da señales de vida. Y las fuerzas que del más allá llegan para permitirme sobrellevar cada una de las interminables jornadas piden como única condición que se les remoje con agua de caldera: tan caliente como sea posible.

Aquella mañana, sin baño ni cafecito, ni oraciones ni don Manuel, me ocupé de los dos problemas que han ido desgastando mi ya de por sí delgadita paciencia. En ese momento caminé por Carranza y sorteando los innumerables obstáculos que la obra de mejora peatonal genera, me dirigí sin distracciones a las oficinas del diario local a gritarle al mundo vía “aviso oportuno” mi desesperada necesidad de dar con una chica que calentara mis solitarias noches con cine, abrazo, charla e intimidad. Y, como en tales casos el anuncio se cobra por letra y espacio, me resultaba conveniente matar los dos pájaros de un solo tiro. Así que con entusiasmo escondido en la ventanilla de anuncios de ocasión pasé al empleado del periódico una nota que decía: “se solicita novia y un fontanero”.

Mi anuncio fue exhibido por toda una semana en el diario de mayor circulación de la ciudad. Pero muy a mi pesar, no recibí respuesta ni de fontanero, ni de alguna curiosa chica que se aventurase a reportarse. Y aquí entre nos, no me resulta difícil entender las razones que me llevaron al naufragio en esta inverosímil por inusual empresa; Al final del día, en un mundo de obsesivos sexo adictos, ¿quién se suelta el pelo y responde sin pudor a una propuesta tan intima en formato de amor de botadero teniendo como enlace únicamente la dirección de correo electrónico que dejé al pie de mi nota impresa para alguna desesperada respuesta? A saber. En realidad, la respuesta de algún plomero en busca de chamba resultaba mas factible, pero, si lo pienso detenidamente, ¿Qué probabilidad hay de que logre respuesta por esa vía?, si al final del día los fontaneros no tienen e-mail.




Aguascalientes, Octubre del 2005

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Mira Cristo:


Si viniste a sermonearme sobre
que ya me ponga un traje y una corbata para ir a trabajar,
y que me hinque y llore tu partida aquel día viernes;
y si pretendes que te tenga miedo -o lástima-
por las salvajadas que te hicieron los romanos
o los judíos
o los que hayan empezado con eso...

Si persigues que me sienta una mierda
por lo basura que ha resultado la especie humana,
a la que juran tus grupies que viniste a salvar
ante los ojos de tu iracundo señor padre,

pierdes tu tiempo.

Así que
bájate de esa cruz, carnal,
ponte un jeans y una camiseta de algodón,
y vámonos de tequilas.

(ah, y date un baño, que esa sangre
y ese sudor te hacen quedar muy mal)

Y ahora, venga...
dime cómo has hecho para pensar tan chido como lo haces.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Silvio Rodríguez / el futuro te está volteando a ver


La poligamia creativa que ejerce y evoca (o quiero decir provoca) Silvio es innegablemente palpable. En cada canción suya hay una mujer peinándose frente al espejo. Lo interesante de su literatura es que esa mujer -la del espejo- puede apellidarse patria, o tierra, o vida o muerte. O infancia o vejez, o amigo o enemigo. La metáfora de Silvio es líquida, y por ello se adapta a todos los envases. Los de hoy y los de 1976. Pero la constante -el líquido que se transporta de canción a canción, de disco a disco y de año a año- es siempre la misma: una mujer. En eso, buen amigo, la razón cena contigo esta noche.

Me revienta las pelotas que se le encasquete a Silvio como interprete y autor de música de protesta. El reduccionismo de aquellos que sólo le han escuchado cantar Ojalá empalidece toda una gama infinita de colores para imprimir en un binario juicio alguna de las siguientes ecuaciones: protesta / política; protesta-política / izquierda; izquierda / comunistas; comunistas / reaccionarios; reaccionarios / auto-marginados; auto-marginados / ¡peligro!

A mi parecer, Silvio es lo más lejano a lo dogmático. No sólo vio pasar la revolución, sino que participó en ella defendiéndola a punta de fusil, y le cantó desde la trinchera del más humano de los socialismos en aquellos entonces acunados. Pero igualmente lo vio caer. Y se reinventó sin verse en la necesidad de negarse o traicionarse a sí mismo.

Digamos que aprendió a empuñar la pluma, depurándose en las artes de acariciarle gentilmente, al paso de los lustros en los que se empeñó -a fuerza de viajar, como tú- en entender un poco más que los demás sobre los asuntos de la excéntrica especie humana.

Por otro lado, me resulta fascinante cuando un creativo sabe hacer su oficio a partir de fundirlo con el de otro. Por ponerte un ejemplo, cuando un arquitecto sabe hacer cine con sus edificios (un recorrido es un guión, la ejecución de los escenarios la cinta), o viceversa, cuando un cineasta sabe hacer arquitectura (no me refiero al decorado. Me refiero a contar una historia con la luz y la sombra, la textura y -nuevamente- el guión y la emoción.)

Pues así mísmo hace Silvio con la literatura y la música. No es que ni cerca me las dé de conocer mucho de música, pero sí que he explorado el apasionante mundo de los hacedores de canciones (o bien, cantautores) contemporáneos en castellano. Y es por esto que me atrevo a opinar que sólo uno pudiese asemejarse en eso, en oficio, al cubano. Y ese del que ahora hablo, afortunado amigo catalán, ese es tu paisano, y se llama Joan.

Porque una cosa es hacer una canción que diga algo, y otra mucho más comprometida es hacer una melodía que contenga una pieza literaria. Se pudiera pensar a primer vistazo que tal género será obviamente la poesía, pero a partir de despiezar las canciones de Silvio, me atrevo a especular con duda sobre la unicidad de esta corta verdad.

La metáfora de Silvio puede alcanzar la pluridimensionalidad de más de uno de los cuentos del mejor cuentista de los tiempos modernos en nuestra lengua, hablo de Julio Cortazar.

Anyway. Que, como puedes darte cuenta, soy un apasionado del trabajo de este señor Rodríguez. Y por ello me permito recomendarte (si es que cabe que un pato haga recomendaciones a una escopeta) que no te quedes con el Silvio de los setentas ni ochentas. Que consigas el tríptico 'Silvio-Rodríguez-Domínguez' de los noventa, y atiendas a la magia de un libre-pensador que ha dominado la fórmula del 'volver a empezar sin recordar la fórmula de ayer'.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Los triunfadores




Los triunfadores no andan,
trepan.

Han tomado un par de cursos de cómo se camina hacia arriba,
pisando lo que ha de quedarse abajo
para llegar a un punto donde todo se vea pequeño
desde su magna perspectiva.

Los triunfadores persiguen la línea del horizonte
creyendo a pies juntillas que se trata de una frontera.
Y sueñan con tener el pasaporte listo,
y todos los demás documentos en regla
para cuando llegue el momento
de cruzar al paraíso de los pocos elegidos

de los que saben cómo se vive la vida,
de los que tienen la llave del mundo,
de los que miran sólo hacia abajo
hasta adormecer los músculos del cuello.

Los triunfadores son figurillas de barro
malamente ovacionadas por los que
todavía necesitan cuentos azules para dormir cada noche.

martes, 6 de septiembre de 2011

Alizée y los orangutanes

Sí sí… lo sé… ya he contado esta historia en miles de reuniones, pero es que, bueno, no puedo olvidarlo. El fenómeno mundial y los gritos, y todo eso, y ya ves que estamos hablando de lo que pasa cuando una chica linda se planta delante de unos cuantos de nosotros, los perros hambrientos. Ok, basta de insistir así… ¿lo ves?... todos quieren el relato, todos lo aclaman. Aunque ya lo hayan escuchado en otros bares y en otras conversaciones de copas, todos aman esto. Todos lo imaginan…

Lo he intitulado –jeje-: “Alizée y los orangutanes”. Prepárense señores, para el clímax de esta noche, y sírvanme otro tonic, pa entonar mejor mis palabras.

En un pinche pub irlandés de la Condesa, sobre Nuevo León (uno de esos en los que la cerveza es el elixir, y a aquel que sea sorprendido pidiendo otra cosa se le tira de inadaptado), nos reunimos para ver un sabadito por la noche el clásico joven: América Cruz Azul, a jugarse en el meritito Azteca.

Ya saben aquello: puro cabrón en mezclilla y camiseta. Pero eso sí, o eras crema, o eras azul. No había sitio para despistados ni indecisos. En la mesa nos veías discutiendo desde antes del silbatazo al Jubi, al Piche-Copadre, al Rubens, al Cristian, al Sanders (sí sí… el más chilango de todos), y a su servilleta –vestidazo de amarillo rey, ¡aguilita de los buenos!-

Y entre eructos de los propios y los más extraños (puro tornillo en el bar), empezaron las hostilidades en el terreno de juego. Siete pantallas planas y semi-gigantes poblaban todo el local de manera estratégica. No había forma de hacer ni pensar ni ver otra cosa que no fuera fútbol.

Aquello era una guerra civil. La gran Tenochtitlan se divide en tres bandos, y dos de ellos se estaban descabellando esa noche en un campo y pateando un balón. La Condesa entera, y Polanco y Las Lomas, y Tepito y la Guerrero, y la Narvarte y la Portales y Tlalpan, Noche Buena, Santa María, la Doctores, Pedregal, Chapultepéc y Viveros, y todos los pinches barrios tenían algo en juego ahí, en esa maceta en Santa Úrsula de concreto burdo conteniendo ciento diez mil almas hambrientas de gol propio, y de sangre y lágrimas del contrario. América Cruz Azul… ¡América Cruz Azul!

Desde los minutos iniciales la adrenalina se olía a kilómetros lejanos. Nada claro en el campo. Planteamientos de ataque de los amarillos, pasando siempre los balones por los pies del rey Blanco, pocos resultados. Torrado se encargaba de achicar a casi todos los locales, para darle parque al zar Chelito. Pero Villa no es ningún caramelito, y ¡adiós balón, azulitos!... Ochoa, bien, ahora Conejo despeja, y otra vez Blanco, ¡suelo!, y Torrado y Villa y Chelito, y poco digno de ser gritado por la concurrencia. Nada para nadie.

Mientras pasaban los minutos, y como el juego no estaba como para mirarle de corrido, las discusiones entre mesas se iban dando. La ecuación es fácil: encierra en un local a cien varones, dales cerveza al por mayor, sintoniza el televisor en el pambol extremo –se recomienda un clásico de muerte-, y obtendrás una madriza campal digna de ser contada en el Alarma.

Las consignas aumentaban de color al correr del cronómetro que televisa deportes pone en la esquinita de la imagen. De putos y muñecas no se bajaban los apasionados parroquianos en conflicto. Solo era cosa de tiempo para que comenzara el verdadero espectáculo. Con decirles que en nuestra misma mesa ya se cocinaban aventones entre azules y amarillos (¡chale!… creo que yo era el único amarillo).

Y la afrenta se suspende por quince minutos, así lo avisaba el hombre de negro con tres sopliditos de silbato. El primer comercial siempre es del Slim y su Telcel, y el primer grito de “maldito medio tiempo” viene del más nervioso de la concurrencia.

La verdad es que daba miedo ir al baño. En un lugar así, donde uno nomás se atasca de cerveza, el mingitorio juega un papel importante en la velada, sobretodo en los quince minutos de descanso. Pero como todo aquello apestaba a tensión humeante de cero-cero, no había quién se levantara de su asiento. Los más rudos se miraban entre ellos, para luego ver las caras de los demás machos de la jaula.

Se empezaban a escuchar hasta jadeos en el bar, mientras Dosal y el menor de los Brizio trataban de desmenuzar desde su escritorio hi-tec del estudio C de Televisa San Ángel las acciones de la primera mitad; cuando al cabrón del barman se le ocurre mal pisar un botón del remoto de SKY, y cambió el canal a uno de videos musicales al tratar de subir el volumen del audio.

Los fuertes reclamos no se hicieron esperar. Aquel incómodo silencio se quebró en un gran “no mames” cuando la concurrencia observaba en las pantallas a una chica bailando raro una rola en francés, en lugar del resumen de las hostilidades del clásico joven.

Pero el cantinero fue el primero en caer hipnotizado. O quizá fue su ayudante, quien le arrancó de las manos el control para que no pudiera quitar la imagen que provenía de aquellos plasmas.

Una canción melosa, pero sumamente pegajosa se escapaba de las bocinas del lugar, mientras una niña no mayor de veinte bailaba y cantaba llenando un trajecito negro estilo Betty Boop como de terciopelo, estraple y de chorcito entallado, en un escenario que recordaba a los de Raúl Velasco en su Siempre en Domingo, allá en los lejanos ochentas.

Todos los televisores contenían tal señal. Y todos los presentes, uno a uno, fuimos cayendo en un estado de inexplicable estupidez al mirar a los ojos –y a las piernas y a al cabello, y a la cintura y a los pechos y a las sublimes caderas- de tan hermosa criatura.

Pasaban y pasaban los minutos, y la rola melosa en francés nunca acababa. Las cámaras tomaban en diversos ángulos a la mujer de todos nuestros sueños. Ella sólo hacía como que cantaba con un micro manos libres sujetado desde su oreja. Y bailaba y sonreía y movía de nuevo esos anchos muslos delimitados por el hotpants y unas botas muy ataconadas, y también negras hasta las rodillas.

Ahora fue que sucedió, que todos los hombres regresamos a la edad de piedra, o quizá antes… ¡mucho antes!

Ahora fue que dejamos de ser homo sapiens, y nos volvimos orangutanes. Y unos así bailaban a brincos, haciendo ruidos tan extraños, mientras otros se golpeaban con sus puños el pecho cada vez más fuerte. Alguno se jalaba los cabellos, y otro pateaba el trasero de su vecino de mesa, al tiempo que éste solamente babeaba frente al televisor. Todo señores, ¡todo el lugar enloqueció!

Todos terminamos abrazados, y cantando en francés borracho. Todos olvidamos el fútbol, y a Chelito y a Cuauhtémoc y a Villa y a Torrado y a Brizio, y pedimos al gerente que pusiera desde youtube una y otra y otra vez la rola melosa y las imágenes de la chica francesita, haciendo como que cantaba.

Por primera vez en nuestras vidas, y en la historia de la humanidad entera, todos los hombres nos pusimos bien de acuerdo, aunque fuera sólo por un ratito.

Ags. / 2008

martes, 23 de agosto de 2011

Vendedores de biblias



Los vendedores de biblias ofrecen papiro a las imprentas,
pastura a las gasolineras,
mazapanes a los diabéticos,
o champús a los calvos.

Dios también ha evolucionado:
-can't you guys see?-
ya no se anda en burro,
y ha entrenado a esquivar la izquierda del agreste
tipo al que puso la otra mejilla.

Dios usa las redes sociales
con la misma cautela con la que dictaba metáforas
a los escribanos de los libros de la Biblia.

Los vendedores de biblias ya casi no existen,
¿se ha dado usted cuenta de que en los hoteles One
ya no hay biblias dentro de los cajones de los buróes?

Los vendedores de biblias escasean,
ahora venden nichos funerarios on line
(gracias a Dios Padre)