
Una familia que se quedó sin casa después de una tormenta de nieve, emigra a un albergue que les asignó el ayuntamiento mientras se les soluciona su problema. El traslado con las pocas cosas que les quedan es cansado y entristecedor. La primera noche en el albergue es irremediablemente en vela. Después de seis días de adaptarse al nuevo e improvisado lugar, la familia de la que le hablo es avisada que tendrá que emigrar a un albergue más lejano, aunque más comodo. Los miembros de este grupo afligido se reúnen y vuelven a empacar, y se sienten nuevamente frágiles. Ya habían hecho una pequeña rutina de despertar e ir a buscar el baño y luego agua para el café y caminar unas cuadras para recoger un desayuno que les donaban de un restaurante con conciencia social. Luego venían los paseos por el parque y la preparación de la comida para todos los demás damnificados, que era asunto de convivencia con los otros pares, y luego las cartas y el dominó y las conversaciones con diversos desafortunados similares, y a dormir. Y ahora se tienen que ir otra vez.
La rutina tiene su razón de ser. Creo que la construimos a diario por instinto, para sentirnos seguros de algo, quizá del caos.
Me gusto mucho tu escrito, es como de una sabiduría asentada, calmada, conforme. Me brindó mucha paz.
ResponderEliminarSalud (con agua).